El huevo de gallina es uno de los alimentos más importantes para el hombre y da origen a un sector específico en el conjunto de la producción ganadera y la industria alimentaria.
La avicultura tiene su origen hace unos 8000 años, cuando en ciertas regiones de Asia como India y China iniciaron la domesticación de la gallina salvaje. Las tribus nómadas llevaron las gallinas cruzando Mesopotamia hasta llegar a Grecia. Más tarde, serían los celtas quienes en sus rutas de conquista fueron estableciendo núcleos de población que facilitaron la propagación de las gallinas por toda Europa. Aquellas gallinas ponían alrededor de 30 huevos al año.
Como en otros países, en España la avicultura era una actividad ligada al medio rural. Las gallinas buscaban el alimento por su cuenta y únicamente recibían algo de grano, sobras de las comidas del hogar y del huerto y un alojamiento no demasiado frío en los meses de invierno.
Pero no fue hasta principios del siglo XX cuando la avicultura industrial comienza a dar los primeros pasos en nuestro país, favorecida por la creación en 1896 de la Real Escuela de Avicultura de Arenys de Mar (Barcelona) y la celebración de la Exposición Internacional de Avicultura de Madrid en 1902, donde se mostraron razas de ponedoras de todo el mundo, algunas ya con un alto nivel de producción.
Más tarde, sobre el 1960, surge en la avicultura intensiva la selección en las razas de gallinas autóctonas, lo cual permitió mejorar ostensiblemente la producción, pasando de 100 huevos al año en algunas razas a 180-200 huevos. Paralelamente en EE.UU, el comienzo de la avicultura profesional se da con la raza Leghorn (240 huevos/año), punto de partida de las razas o estirpes actuales, coincidiendo con los avances en nutrición y patologías en aves.
Entre 1970 y 1985 se asiste a una verdadera explosión de la avicultura. La producción española millones aumenta y el consumo interior crece paralelamente. A partir de 1991 suceden grandes innovaciones en la tecnología de producción, que provocan aumentos en la capacidad instalada, produciéndose notables desequilibrios entre la oferta y la demanda que se reflejan en fuertes bajadas de precios. En los años 90, España ya ocupaba el cuarto lugar en producción entre los países comunitarios con una media de 40 millones de ponedoras que abastecían la demanda del mercado nacional.
Este proceso es paralelo a la evolución de la distribución alimentaria moderna, que se va concentrando y necesita de proveedores con mayor dimensión y capaces de atender las necesidades de unos consumidores cada vez más exigentes e informados. La concentración de los eslabones de la cadena (granja, centro de embalaje y comercialización) en las actuales empresas del sector avícola de puesta permite reducir costes, a la vez que garantiza el control del proceso de producción del huevo desde su origen, facilita su trazabilidad y es garantía de frescura.
